Este es un tema muy importante, que debe ser tratado con más frecuencia en las iglesias porque por la falta de conocimiento su pueblo perece (Oseas 4:6; Eclesiastés 7:12). Y precisamente porque la iglesia está constituida por los santos en Cristo (1 Corintios 1:2) debemos ser instruidos para realizar lo mejor posible su llamado. ¡Claro! El llamado es recibido por parte del Espíritu Santo de Dios, pero, asimismo, a los ya maduros en la fe les ha sido mandado hacer discípulos que prediquen el Evangelio de Cristo.
La Palabra de Dios así lo expresa: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén”. Mateo 28:18-20
Vamos a iniciar explorando primeramente lo que quiere decir “El llamado”. En el diccionario español la palabra “el” indica la cantidad, es decir, la personalización, de que no es a un grupo de personas, sino que es la indicación individual. Mientras que “llamado” lo define como una acción y efecto de una invocación, una nominación, dar voces o llamar la atención. Ambas palabras conjugadas significan indicación y acción, estableciendo entre sí relación. En esto, vemos reflejado una comunión entre Dios quien llama y el nominado, quien ha sido llamado.
Un ejemplo fundamental que nos sirve de guía es el pueblo de Israel creado y escogido por Dios como lo constatan las Escrituras en Isaías 43:1 y Deuteronomio 7: 6-11. De este último pasaje bíblico, tomen en cuenta los versos 8,9 que nos dejan en claro el amor y fidelidad de Dios hacia sus elegidos.
Está claro que en el ámbito cristiano el llamado puede ser muy variado y remarca la profundidad de la acción a tomar cuando recibimos la nominación. También es interpretado como recibir la invitación para entrar a un ejército celestial, marcándonos como sus siervos.
Pues Dios desde antes de la fecundación en el vientre de nuestra madre (Jeremías 1:5) ya nos ha elegido como sus hijos. También vemos esta convocatoria de servir a Dios como una vocación, que, a su vez, es una determinación en apropiarse de un reto como si fuese propio, aunque no lo sea. (Hechos 20:28). Esto, sabiendo de los sacrificios que arrastra el llamado.
Cuando recibimos este toque de parte de Dios, nos estamos aventurando a lo desconocido para el humano (Lucas 9: 23). Es por esta razón lo importante de tener vocación al servicio de la obra de Dios, pues ésta sería la fuente de la visión que recibimos al ser nominados.
La vocación, la visión y el llamado van entrelazadas una de la otra. La vocación es lo que nos da vida y ánimo para llevar a cabo lo que se nos ha encomendado, para alcanzar la meta que ha sido establecida en la visión. Las características de la vocación están basadas en nuestras emociones, sueños deseos e interés; lo que marcaría nuestra personalidad y nuestra decisión para plasmar un estilo de vida; por esta razón entendemos que es fundamental para la visión y llamado. Seguimos con la visión: es el efecto y acción de ver, percibir, interpretar, o discernir.
La visión es la interpretación que recibimos cuando estamos sumergidos en la presencia del Espíritu Santo de Dios. En los párrafos anteriores hablamos sobre el llamado. Con estas definiciones podrán darse cuenta de la relación entre estas tres facetas del ministerio ejercido por un hijo de Dios.
Ahora bien, cuando la Biblia nos habla de vocación se refiere a nuestra voluntad. Está a su vez se refiere a nuestra propia decisión, intenciones, nuestro yo, libre albedrío. En Juan 5:30 vemos un ejemplo claro de Jesús “No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.” En esa misma línea el apóstol Pablo nos amonesta en Efesios 4 a vivir con dignidad la vocación por la cual fuimos llamados.
En cuanto a la visión, escudriñamos en la Palabra de Dios su instrucción de obedecer su llamado con el entendimiento de cuál es la visión, sueño o deseo de Dios; siendo esta la predicación y la salvación de las almas en todo el mundo.
En Hechos 26 podemos ver claramente esto, cuando Dios se le aparece a Saulo, a quien lo bautizó como Pablo de Tarso y lo envió a predicar su evangelio. Esta es la visión principal del ministerio de Dios y es revelada a su siervo según se desarrolla en la acción a través de la obediencia del llamado recibido. Es bueno saber que, esta visión no está limitada en un formato bajo el entendimiento humano, sino de Dios, el cual no conoceremos con exactitud. Efesios 3:19 “y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de la toda la plenitud de Dios.”
Podemos tener ya un mejor entendimiento sobre el llamado, características incluidas, que son la visión y vocación. También la explicamos y vimos su importancia. ¿Ahora, cómo es recibido y cómo lo podemos ejecutar? Es recibida al creer en Dios, teniendo fe en El, y lo ejecutamos obedeciendo su Palabra en todo tiempo. Filipenses 2: 12,13 “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”.
Sabiendo que Dios escudriña nuestros corazones y conoce nuestras necesidades y debilidades, nos fortaleceremos solo siéndole fiel. (Jeremías 17:10 y Salmos 72:26).
El objetivo y propósito del llamado que recibimos como hijos de Dios es para adorarle y ser sus siervos. Isaías 43:7 “todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice”. Como hijos, Dios nos usará para que su amor sea enseñado tanto como maestros bíblicos, como también en nuestra forma de vivir, así le adoramos. (Efesios 6:20 y 2 Corintios 5:20). Tomando en cuenta esto, no existe una limitación para llevar un estilo de vida y ejecutar su llamado.
Es decir, daremos testimonio de nuestra fe y la gracia de Dios se reflejará en nosotros, estemos o no, en un círculo social cristiano o secular. (Tito 2) Así que, el no tener mucho conocimiento sobre cuál es el llamado de Dios para nuestra vida no indica que no lo portes. Con el tiempo y mientras más firme sea la vida íntima con Dios en el día a día, podrás conocer ese llamado, sentir la vocación y portar la visión de Dios.
Teniendo siempre presente que nuestro Padre escudriña nuestro corazón, (Romanos 8:27) y que tenemos que obedecer y ser constantes en nuestra fidelidad para con Dios, no el hombre. Sabiendo que, como Dios de orden, nos demanda a ser ordenados y obedecer a nuestras autoridades en la Tierra. Claro que si algo no está acorde a los principios bíblicos Dios nos defenderá siempre. (1 Timoteo 6).